EL AMOR DE CRISTO
apóstol alberto gallo
EL MENSAJE EN TEXTO
Gracias Padre!!. Te adoramos!!!. Te glorificamos y te damos toda honra y toda gloria!!!. Gracias Espíritu Santo de Dios, por tu presencia, por tu amor, por tu misericordia, por este tiempo!!!. Te pedimos que te glorifiques, te pedimos que nos hables, te pedimos que nos transformes.
Gracias, Señor!!. Gracias por este tiempo!!. En el nombre de Jesús, Amén!! Amén!! Amén!!.
Le damos gracias a Dios por este tiempo. Le damos gracias a Dios por la oportunidad que nos da de poder compartir Su palabra con ustedes.
Hoy vamos a hablar del tema: El Amor de Cristo.
¿Cuántos han experimentado el amor de Dios? ¡Amén!
Vamos a leer en Romanos 8:35-39; 2 Corintios 5:14-15 y Efesios 3:14-19.
Tres pasajes que vamos a estar compartiendo con ustedes. Sé que el Espíritu Santo de Dios nos va a ministrar. Sabemos que el Señor va a hablar a nuestros corazones.
Dice la Palabra en Romanos 8:35-39:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas, somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.”
¡Qué tremendo! La palabra dice que ninguna de estas cosas nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús. Es decir, el amor de Cristo nos ayuda a vencer todas las cosas. El amor de Cristo nos ayuda a que las batallas no terminen en derrota, sino en triunfo. El amor de Cristo, cuando te abraza, cuando te toca, cuando te sana, cuando te libera, cuando te restaura, hace que vos puedas ver las cosas de otra manera. Hace que vos puedas ver el panorama diferente. La palabra dice: “Somos más que vencedores”. Y hay que entender que cuando un cristiano está metido en una batalla, la batalla no es con el mundo, la batalla no es con la gente, sino la batalla es con nuestro adversario, con Satanás. Y dice la palabra, y nos da una seguridad, que el que está con nosotros es más poderoso que el que está en el mundo.
Por eso, no dejes que tus batallas te alejen de Dios. No dejes que tus batallas te alejen de Cristo. Tus batallas tienen que hacer que vos te apegues más a Él.
Que vos digas: “Señor, no puedo vivir si vos no estás. Señor, no puedo respirar si vos no estás. Señor, yo necesito de tu amor. Yo necesito de tu misericordia. Yo necesito de tu perdón”.
Por eso dice la palabra que somos más que vencedores.
Y quiero que entiendas algo que cada vez que viene una lucha, cada vez que viene una prueba, cada vez que viene una batalla, tienes que declararte más que vencedor.
Y quiero que entiendas que cada lucha, cada batalla, cada prueba, es para la gloria del nombre de Dios. Cada prueba es para que el nombre de Dios sea glorificado. Cada prueba es para que la gente vea que vos tenes a Cristo, que vos tenes el amor de Cristo, que vos tenes la unción del Espíritu Santo.
Dice la palabra en Romanos 5:5 que: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.”
Es decir, el amor de Dios ha sido derramado, ha sido puesto en nuestros corazones. El amor de Dios nos ayuda a vencer las batallas. El amor de Dios nos ayuda a vencer los temores. El amor de Dios nos ayuda a vencer la duda. El amor de Dios nos ayuda a seguir adelante. El amor de Dios nos ayuda a perdonar. El amor de Dios nos ayuda a hacer Su voluntad.
Dice la palabra que el amor ha sido derramado en nuestros corazones. Es decir, que vos tienes que mostrar el amor de Dios en tus hechos. En tus palabras, en tu comportamiento. Especialmente cuando vienen los problemas, cuando vienen las luchas, cuando vienen las pruebas.
Dice la palabra en 2 Corintios 5:14-15:
“Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.”
Dice que el amor de Cristo nos constriñe. La palabra “constreñir” significa obligar, forzar, apremiar, impulsar, presionar. Es decir, el amor de Cristo nos obliga. El amor de Cristo nos impulsa a hacer Su voluntad.
nos impulsa a vivir para Él. A que todo lo que hagamos, ya no lo hagamos para nosotros, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros. Es decir, que vos tenes que entender que tenés que vivir para Dios. Que tu vida tiene que ser rendida a Dios.
Ya no vivís para vos. Ya no vivís para lo que el Señor te va a dar, sino que vivís porque Él te cuida. Vivís porque Él te ama. Vivís porque Él te sostiene. Vivís porque Él te dice: “Hijo, yo estoy contigo todos los días hasta el fin del mundo”.
Dice la palabra que el amor de Cristo nos constriñe. Nos obliga a hacer Su voluntad. Nos obliga a que las luchas y las batallas no nos hagan decir: “No puedo”. Sino que sigamos haciendo Su voluntad, porque Su amor nos sostiene.
Sé que hay luchas. Sé que hay batallas. Sé que hay pruebas. Pero el amor de Cristo es el que nos constriñe. Es el que nos obliga a seguir adelante. Es el que nos obliga a hacer Su voluntad.
Muchas veces nos falta. Muchas veces decimos: “No tengo recursos”. Pero quiero que entiendas que el que está contigo es el Dios de los recursos. Y donde no hay, Él va a poner. Y donde no se puede, Él va a hacer que se pueda. ¿Por qué? Porque Su amor es eterno.
Y quiero que entiendas que el amor de Dios es el amor ágape. El amor ágape es el amor incondicional. El amor que te ama, no por lo que sos, sino porque Él es amor. Y dice la palabra que el amor ha sido derramado en nuestros corazones.
Dice la palabra en Efesios 3:14-19:
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”
¡Tremendo! Dice que seamos plenamente capaces de comprender con todos los santos la anchura, la longitud, la profundidad y la altura. ¿Y de conocer qué? El amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Es decir, que el amor de Cristo no tiene medida. El amor de Cristo no se puede medir.
Hay un cántico de niños que dice: “El amor de Dios es maravilloso, tan alto que no puedes estar más alto que él; tan bajo que no puedes estar más bajo que él; tan ancho que no puedes estar afuera de él”. ¡Amén!
Es decir, que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. El amor de Dios nos lleva a hacer Su voluntad. El amor de Dios nos lleva a que, cuando venga la lucha, cuando venga la prueba, cuando venga la batalla, podamos decir: “Soy más que vencedor”.
El amor de Dios es un don. El amor de Dios es algo que se recibe por el Espíritu Santo. Pero el amor de Dios tiene que hacer que vos camines en santidad. El amor de Dios tiene que hacer que vos camines haciendo Su voluntad. El amor de Dios tiene que hacer que vos camines con temor y temblor. El amor de Dios tiene que hacer que vos camines de la manera que a Dios le agrada.
Dice la palabra que el amor de Cristo excede a todo conocimiento. Es decir, no lo podemos medir. No lo podemos entender. Pero sí lo podemos gozar. Sí lo podemos disfrutar. Sí lo podemos decir: “¡Qué tremendo, Señor, tu amor!”
No dejes que el enemigo te robe el tesoro. No dejes que las circunstancias te roben lo que Dios ha puesto. No te enojes de tal manera que llegues a pecar. No te enojes de tal manera que le des lugar a Satanás. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. El amor de Dios nos ayuda a hacer Su voluntad.
Vamos a prepararnos. Vamos a participar de la mesa de comunión (compartir el pan y el vino). Y la mesa de comunión es el momento de alineación, el momento de decir: “Señor, estoy mal, pero quiero estar bien”.
Dice la palabra que el amor de Cristo excede a todo conocimiento. Excede a toda capacidad de entender. Es decir, el amor de Dios es inmenso. El amor de Dios es incomparable. El amor de Dios es un amor que nos ayuda a salir adelante.
¿Desea que continúe con la tercera y última parte de la transcripción?
Por eso la palabra nos dice que seamos capaces de comprender la anchura, la longitud, la profundidad y la altura. ¡Qué tremendo! No hay un medidor para medir el amor de Dios. Pero sí hay una manera para que vos puedas vivirlo y disfrutarlo, que es enfocarte en el que te ama, que es enfocarte en Cristo, que es el modelo, el ejemplo, el que tiene la capacidad de poder decir: “Yo estoy contigo”.
La palabra nos enseña en Filipenses 4:13 que: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” ¿Qué me fortalece? El amor de Cristo, el que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.
Hay una historia, no sé si es real o si es un cuento, que dice que a los elefantes bebés los atan con una cuerda de las patas. Y a medida que el elefante va creciendo, esa misma soga lo sigue atando. El elefante tiene la fuerza suficiente para arrancar el árbol, para cortar la soga, pero como lo tienen acostumbrado desde pequeño a que no puede, el elefante se queda atado a esa pequeña cuerda. ¡Qué tremendo!
Yo te pregunto: ¿A qué estás atado hoy? ¿A qué estás atada? ¿A qué circunstancia? ¿A qué atadura? ¿A qué estás atado para no poder ser libre?
Dice la palabra que por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. ¿Para quién tenemos que vivir? Para Cristo. ¿Por qué? Porque Él nos amó. Él nos perdonó. Él nos dio vida eterna.
Pero tenés que entender que el amor de Dios te tiene que hacer tomar decisiones. Decisiones que ya no se basan en lo que vos querés, sino en lo que Él quiere. Decisiones que ya no se basan en lo que dice la gente, sino en lo que dice Él. Decisiones que ya no se basan en lo que está a tu alrededor, sino en lo que está en Cristo Jesús.
Quiero que te pongas de pie. Vamos a participar de la mesa decomunión . Y antes de tomarla, quiero que cerremos los ojos. Quiero que le pidas a Dios que te llene con Su amor. Quiero que le pidas a Dios que te llene con Su Espíritu. Que te guíe a hacer Su voluntad y no la tuya.
Que te guíe a hacer lo que a Él le agrada. Que te guíe a hacer lo que le gusta a Él. Que te guíe a hacer aquello que es para Su gloria y para Su honra.
Señor, hoy venimos delante de tu presencia para pedirte, Padre, que nos llenes con tu amor. Que nos llenes con tu Espíritu. Que nos llenes con tu presencia. Que nos llenes de ti, Señor. Para poder decir: “Yo quiero hacer tu voluntad, y no la mía”.
(El Apóstol comparte un testimonio personal sobre la importancia de hacer la voluntad de Dios en lugar de la propia)
¿Qué es lo que te está faltando? ¿Qué es lo que te está faltando? ¿Conocerlo a Él? ¿Conocer Su amor? ¿Conocer Su misericordia? ¿Conocer Su perdón?
Yo quiero que, en el nombre de Jesús, te propongas ser puro. Te propongas ser renovado. Te propongas ser restaurado. No seas un religioso. Sé un activo de Su cuerpo (insertate en el cuerpo de Cristo).
Sé un activo de la Iglesia. Sé un activo de la obra de Dios. Que vos digas: “Yo quiero conocerte más. Yo quiero conocer tu amor. Yo quiero conocer tu misericordia”.
¿Cuántas veces has guardado la basura? ¿Cuántas veces has guardado rencores? ¿Cuántas veces has guardado que no te llamaron? ¿Cuántas veces has guardado que no te hicieron caso? Yo quiero que, en este momento, le digas: “Señor, yo no quiero ser más un acumulador compulsivo de heridas y de rencores”.
Quiero que le pidas al Espíritu Santo que sane. Que le pidas al Espíritu Santo que te libere. Que le pidas al Espíritu Santo que te guíe a hacer Su voluntad.
(El Apóstol comparte su testimonio personal de ser abandonado y no guardar rencor, sino de amar a quienes lo despreciaron)
El amor de Dios es el que te sustenta. El amor de Dios es el que te perdona. El amor de Dios es el que te libera. El amor de Dios es el que te sana.
En el nombre de Jesús. Amén. Gracias, Espíritu Santo!!!